4:30 a.m.
Manuel
estiró el brazo hasta alcanzar el reloj despertador. Sara miró
hacia la luz del semáforo y vio que estaba rojo. Con su mano derecha
tanteo en el bolsillo de su campera buscando el paquete de Philips Morris.
Andrés prepara café, revuelve con monotonía - lento pero seguro-
mientras se apoya en la pared de la oficina de "Control de
Personal" de González Rodríguez
&Cía. Black se rasca con su
pata trasera las pulgas en el alero trasero de la casa de "doña
María", mientras la luz de la sirena de una lancha de "la
bonaerense" en silencio trajina los pozos de tierra de la calle.
"doña María" sueña con que "su" Alberto
retorna del cementerio. Sueño recurrente e inútil,
desde hace años. Sara prende el último
cigarrillo del paquete mientras enfila, ya con luz verde al kiosco de
Godoy Cruz y Santa Fé, de ahí el 57 o el tren hasta su casa, la
piecita del fondo de alquila junto a Andrés en
casa de doña María. Luego de vestirse corriendo, Manuel se hunde en
la oscuridad y al doblar la última esquina antes de la parada del
bondi, la luz de "la lancha" se refleja en su ropa de
trabajo, gastada y azul, igual que el reflejo. Andrés piensa en las
tetas de Sara, y en acariciarlas y besarlas en pocas horas, luego de
que llegue el turno de las 6 a la fábrica de González
Rodriguez &Cia, tan miserable la
planta fabril y su dueño, como pomposo su nombre. Manuel también
piensa en las tetas de Sara, y en sus caderas, la piba que
le sonrió la tarde pasada -y le digo el Diego que trabaja en un bar
por la Capital- mientras él iba en la bicicleta al "chino"
y ella salía mientras un perro mal comido ladraba más por costumbre
que por convicción. Sara termina el pucho. Doña
María tose entre suspiro y ronquido. Manuel sube al bondi. Black
sacude las orejas dormido y Andrés, toma café mientras
el gringo Donnatti ficha temprano como de
costumbre "todos los días, todos los años".
Son las 4:30 a.m.
